miércoles, 19 de noviembre de 2008

Maestros de la República


Colocamos aquella silla en la puerta, junto a la tapia. La misma tapia que aquella noche , aquellas noches de julio y agosto del 36, iluminaban los falangistas con los faros de un camión... en el respaldo de la silla he colgado mi rosario, del que cuelga, como de todos los rosarios, un cristo muerto.

Cuando tomamos un poco de distancia es imposible no ver que, al otro lado de la puerta del cementerio, frente a la silla, se amontonan en una larga fila temblorosa los pobres presos que van a ser fusilados. Todos están tiritando, aunque sea una noche de verano, y muchos lloran, moquean, temen lo que va a pasar cuando la cola empiece a moverse...

El sacerdote que está sentado en la silla ha cogido el rosario que colgaba del respaldo. Acaba de confesar al primer preso de la cola, que le ha dicho a voces, y entre gemidos, como los de un niño pequeño que arranca a llorar, que se acusa de que... no ha hecho nada y que también se acusa de que no quiere morir. El sacerdote escucha el primer disparo.

Entonces, el sacerdote (...) reconoce al maestro, al siguiente hombre, tembloroso, que está en la fila para ser confesado y fusilado. Pero el cura no quiere escuchar sus pecados. No quiere ser complice de aquella repugnante manera de matar que tienen aquellos falangistas, que quieren además dormir en paz con sus conciencias.

Y entonces el sacerdote se levanta de la silla y recorre tiritando él también toda la fila de los que van a ser fusilados, para ir a colocarse el último.


Evidentemente "esto" que yo le había sugerido al párroco de Fuentesaúco cuando me dijo que aquellos curas no podían hacer otra cosa, nunca ocurrió.
Los sacerdotes como don Benjamín que siguen confesando a largas, interminables filas de presos que lloraban, suplicaban, se orinaban de miedo... aquellos curas levantaban la mano derecha y hacían la señal de la cruz por encima de la abeza de un pobre hombre. El ruido del disparo que estaba matando al anterior se elevaba por encima de esa mano y seguía absolviendo inocentes en nombre de dios. Impunemente. Sacrílegamente.
María Antonia Iglesias

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